"En los triclinios", de Salvador González Anaya

Humo de pebeteros e incensarios
envuelve al regio coro
de hermosas, en los lechos triclinarios
de madreperlas y oro.
Desceñidas las túnicas flotantes,
la triunfadora orgía
celebran, con canciones delirantes
y báquica alegría.
Viejo Falerno escancia en los murrinos
vasos, blanca copera
de ojos de ardiente luz, senos divinos
y rubia cabellera.
Y a su alrededor, lascivas y desnudas,
imitan las danzantes,
mimos de Venus y actitudes rudas
de fieros Coribantes…
Son las seis cortesanas más hermosas
de Roma y sus dominios
las que, ceñidas de nacientes rosas,
ríen en los triclinios.
Citéride, enarcando sobre el lecho,
más rojo que la llama,
las pálidas magnolias de su pecho:
—¡Brindad!—alegre exclama;
y alzando la ancha copa rebosante,
cuajada de esplendores,
ofrece el áureo vino a la triunfante
deidad de los amores.
La siria Berenice—ojos azules
y labios escarlata—,
descingue al haz de sus sedosos tules
el cinturón de plata,
y bebe, sin brindar, del Chipre de oro
de inmemorial vendimia,
que ansiosa apura, con reír sonoro,
la pompeyana Opimia.
En su triclinio de fragantes flores,
los muslos anillados,
brinda Olimpia por todos sus amores
presentes y pasados;
mientras la hermosa lesbia Mytilene,
desnuda y perfumada,
sobre sus senos lúbricos, retiene
los senos de su amada…
Toca a los postres el festín. La risa
triunfa; el vino riega
los pechos y las púrpuras. Ya avisa
la embriaguez que llega…
En tanto que, lascivas y desnudas,
imitan las danzantes
mimos de Venus y actitudes rudas
de fieros Coribantes.


Salvador González Anaya  (1879-1955)



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